Vayikrá (Levítico): La Búsqueda de la Santidad en la Vida Diaria

El libro de Vayikrá, o Levítico, es a menudo el más ignorado de la Torá. Lleno de reglas sobre sacrificios, pureza ritual y leyes dietéticas, puede parecer irrelevante para la vida moderna. Sin embargo, su tema central, la santidad (Kedushá), es uno de los conceptos más profundos y transformadores del judaísmo. Vayikrá nos enseña que la santidad no es algo que se encuentra en un lugar lejano, sino algo que se cultiva en los detalles de la vida cotidiana.

La Santidad a Través de las Leyes El libro de Levítico comienza con instrucciones sobre los sacrificios, un sistema complejo que servía para expiar pecados, expresar gratitud o acercarse a Dios. A través de este sistema, la persona aprendía a ser consciente de sus acciones y a corregir sus errores. El objetivo final no era el sacrificio en sí mismo, sino la purificación del corazón y el alma. La santidad se alcanzaba al seguir un sistema divino que ponía orden en la vida.

El Concepto de Kedushá (Santidad) La santidad no es ser «mejor que los demás». El término Kedushá significa «separación» o «distinción». Las leyes de Levítico nos enseñan a distinguir entre lo sagrado y lo profano, entre lo puro y lo impuro. Al distinguir lo que comemos (Kashrut), cómo tratamos a los demás y cómo nos comportamos en la comunidad, estamos creando un espacio de santidad en nuestras vidas.

La Santidad de la Comunidad Levítico se expande de la santidad personal a la santidad comunitaria. El famoso verso «Seréis santos, porque santo soy Yo, el Eterno, vuestro Dios» (Lev. 19:2) va seguido de leyes sobre la justicia social: no robar, no odiar, no guardar rencor. Nos enseña que la santidad no es solo un ritual individual, sino un estado que se logra a través de la rectitud y la bondad hacia los demás. No puedes ser santo en un vacío.

Conclusión: Lejos de ser un libro de reglas obsoletas, Levítico es una guía para la vida con propósito. Nos desafía a buscar la santidad en nuestra alimentación, en nuestras relaciones y en cada una de nuestras acciones. Es una lección eterna que nos recuerda que lo sagrado no está en el cielo, sino en los detalles de nuestra vida diaria.

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