Bereshit — «En el principio»
¿Dónde estás?
Por Edison Oquendo
בְּרֵאשִׁית — Bereshit.
«En el principio».
Así comienza la Torá. No comienza con el hombre buscando a Dios, sino con Dios creando. No comienza con una humanidad tratando de descubrir su propósito, sino con el Creador estableciendo un mundo, ordenándolo, llenándolo de vida y colocando finalmente dentro de él a un ser humano con una responsabilidad particular.
La primera afirmación de la Torá establece algo que permanecerá como fundamento de toda la Escritura: el mundo tiene un Creador y, por lo tanto, tiene un Dueño. Rashi, al comentar este versículo, pregunta por qué la Torá comienza con la creación en lugar de comenzar con los mandamientos entregados a Israel. Citando una enseñanza relacionada con el Midrash Tanjuma, explica que el relato de la creación establece que toda la tierra pertenece al Santo, bendito sea Él, porque Él la creó y tiene autoridad sobre ella. Rashi sobre Bereshit 1:1; Midrash Tanjuma, Bereshit 1:1.
Antes de enseñarnos qué hacer con el mundo, la Torá nos recuerda a quién pertenece. La creación es un regalo, pero no una propiedad absoluta del ser humano. El hombre recibe autoridad sobre ella, pero esa autoridad es delegada y, por tanto, también implica responsabilidad.
Elohim comienza a ordenar la creación mediante Su palabra: «Y dijo Elohim...» (Bereshit 1:3). La luz aparece, las aguas son separadas, la tierra produce vegetación, los astros ocupan sus lugares y los seres vivientes llenan la tierra. Finalmente llega el momento culminante del relato: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza» (Bereshit 1:26).
La expresión hebrea es בְּצֶלֶם אֱלֹהִים — betzelem Elohim, «a imagen de Dios». La Torá repite deliberadamente esta afirmación: «Y creó Elohim al hombre a su imagen; a imagen de Elohim lo creó; varón y hembra los creó» (Bereshit 1:27). El hombre no es Dios, ni la Torá enseña que Dios posea una forma humana. De hecho, Devarim advierte que Israel no vio figura alguna cuando Dios habló desde el fuego (Devarim 4:15–16). El significado de la imagen debe buscarse, por tanto, en la vocación que el ser humano recibe dentro de la creación.
El hombre fue creado para representar al Creador dentro de aquello que Él creó. Por eso, inmediatamente después de hablar de la imagen divina, la Torá habla del dominio que el hombre recibe sobre la creación (Bereshit 1:26–28). Su autoridad no procede de la propiedad, sino de una responsabilidad recibida. El mundo pertenece a Elohim y el hombre ha sido colocado dentro de él para administrarlo fielmente.
Bereshit 2 profundiza todavía más en esta vocación. El hombre es formado del polvo de la tierra y recibe el aliento de vida: «Entonces el Eterno Elohim formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida; y fue el hombre un ser viviente» (Bereshit 2:7). El hebreo utiliza aquí נִשְׁמַת חַיִּים — nishmat jayim, «aliento de vida», y describe al hombre como נֶפֶשׁ חַיָּה — néfesh jayá, «ser viviente». Somos criaturas de la tierra, pero criaturas que reciben la vida del Creador. Nuestra dignidad y nuestra dependencia de Dios no son conceptos contradictorios: precisamente porque nuestra vida procede de Él, nuestra existencia tiene propósito.
Por eso el hombre es colocado en el jardín «para que lo cultivara y lo guardara» (Bereshit 2:15). Los verbos hebreos לְעָבְדָהּ — le'avdá, «cultivar o trabajar», y וּלְשָׁמְרָהּ — u-leshomrá, «guardar o custodiar», muestran que el Edén no era simplemente un lugar de comodidad. El hombre recibió una tarea. Dios le confió una parte de Su creación y esperaba de él fidelidad. Pero antes de demostrar qué haría con el jardín, el hombre tendría que demostrar qué haría con la palabra de Dios.
El mandamiento era claro: «De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás» (Bereshit 2:16–17). El hombre vivía en abundancia, pero también vivía bajo una palabra. La libertad que Dios le había dado no significaba independencia absoluta. Era una libertad ejercida dentro de una relación de confianza y obediencia.
Entonces aparece la serpiente.
Su primera estrategia no consiste en negar la existencia de Dios, sino en cuestionar Su palabra: «¿Conque Elohim os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?» (Bereshit 3:1). La pregunta distorsiona la realidad. Dios había permitido al hombre comer de todos los árboles, excepto uno; la serpiente transforma la abundancia en restricción. La atención del ser humano queda desplazada de todo lo que había recibido hacia aquello que Dios había reservado.
La tentación continúa: «No moriréis; sino que sabe Elohim que el día que comáis de él serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Elohim, sabiendo el bien y el mal» (Bereshit 3:4–5). Ahora aparece el verdadero conflicto. El problema ya no es solamente un árbol. Es la autoridad. ¿Quién determina el bien y el mal? ¿Dios, que creó al hombre, o el hombre, que ahora quiere determinar por sí mismo aquello que debe considerar bueno?
La tragedia de la caída consiste precisamente en que el hombre intenta alcanzar mediante la autonomía algo que Dios ya había establecido como parte de su vocación. Había sido creado a imagen de Elohim, pero ahora quiere colocarse en el lugar de quien determina por sí mismo el bien y el mal. La criatura deja de confiar en la palabra del Creador y comienza a definir la realidad desde sí misma.
La transgresión no termina con el fruto. Inmediatamente aparece una nueva experiencia: vergüenza. «Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos» (Bereshit 3:7). El hombre que antes vivía delante de Dios sin temor ahora intenta esconderse. «Y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia del Eterno Elohim entre los árboles del huerto» (Bereshit 3:8).
Entonces ocurre algo extraordinario. Dios llama al hombre:
En hebreo:
אַיֶּכָּה — ayéka?
La pregunta no busca una coordenada. Dios no necesita descubrir dónde está Adám. La pregunta confronta su condición. Adám sabe dónde se encuentra físicamente, pero ahora debe enfrentarse a dónde se encuentra delante de Dios. El hombre había sido creado para vivir en la presencia del Creador; ahora está escondiéndose de Él.
Y, sin embargo, hay algo que no debemos perder de vista: aunque el hombre se escondió, Dios siguió buscándolo.
Esta es una de las primeras grandes revelaciones de Bereshit. La humanidad se aparta, pero Dios no abandona Su propósito. El hombre intenta ocultarse, pero el Creador sale a su encuentro. La pregunta «¿Dónde estás?» es, al mismo tiempo, una confrontación y una invitación a reconocer la realidad.
Adám, sin embargo, no asume plenamente su responsabilidad. «La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí» (Bereshit 3:12). Javá responde: «La serpiente me engañó, y comí» (Bereshit 3:13). La ruptura con Dios comienza a reflejarse también en las relaciones humanas. En lugar de reconocer directamente su responsabilidad, el hombre busca a quién señalar.
La caída, por tanto, no es solamente la transgresión de una regla. Es una ruptura de confianza, una distorsión de la vocación humana y una fractura de las relaciones. El hombre fue creado para representar el carácter del Creador, pero ahora actúa de una manera que revela cuánto se ha alejado de ese propósito.
Finalmente llega el exilio. Adám y Javá son expulsados del jardín, y el relato concluye con una imagen que quedará grabada en la narrativa bíblica:
La expresión דֶּרֶךְ עֵץ הַחַיִּים — derej etz ha-jayim significa «el camino del árbol de la vida». El acceso queda protegido. El hombre sale del jardín y ya no puede acercarse al Árbol de la Vida como antes. Pero el árbol no es destruido. El camino queda guardado.
Esta imagen abre una pregunta que la Escritura desarrollará durante siglos: ¿cómo volverá el ser humano a la vida y a la presencia de Dios?
La respuesta no aparece inmediatamente. La historia continúa.
Adám tiene hijos. Caín mata a su hermano Abel. La violencia se extiende. Las generaciones se multiplican y la humanidad se aleja cada vez más del propósito para el cual fue creada. La parashá termina mostrando una humanidad cuya condición se ha deteriorado profundamente:
El hombre que había sido creado para llevar la imagen de Dios está llenando la tierra de violencia. Sin embargo, la imagen no ha desaparecido. La dignidad humana permanece incluso después de la caída. Esto será confirmado más adelante cuando, después del diluvio, Elohim declare que quien derrame sangre humana deberá responder por ello «porque a imagen de Elohim es hecho el hombre» (Bereshit 9:6).
La caída distorsionó la imagen, pero no anuló el propósito.
Y Dios no abandonó Su propósito.
La historia continúa con Noaj, luego con Avraham, con Yitsjak y Yaakov, y finalmente con Israel. En el Sinaí, Dios declara:
Aquí aparece nuevamente la misma vocación que encontramos en Bereshit. El ser humano fue creado para representar al Creador dentro de Su creación; ahora Israel recibe la responsabilidad de representar al Dios de Israel delante de las naciones. La historia de la Escritura continúa buscando una respuesta a la misma pregunta: ¿cómo puede una humanidad marcada por el pecado volver a reflejar fielmente a su Creador?
La Torá mostrará el camino de la obediencia, la santidad, la justicia y la misericordia. Pero también mostrará una y otra vez la dificultad del corazón humano. El problema no estaba solamente en las circunstancias externas. Estaba en el interior del hombre.
Por eso, cuando llegamos al Brit Jadashá, la descripción que Shaúl hace de Yeshúa adquiere una profundidad especial:
La palabra vuelve a llevarnos a Bereshit: צֶלֶם — tselem, imagen.
La humanidad fue creada a imagen de Dios, pero la historia humana mostró repetidamente la incapacidad de vivir de acuerdo con esa vocación. Ahora Yeshúa es presentado como «la imagen del Dios invisible». No como una representación física de Dios, sino como aquel en quien se manifiesta de manera plena y fiel la voluntad del Padre.
Shaúl desarrolla esta idea mediante la comparación entre Adám y Yeshúa: «El primer hombre, Adám, fue hecho alma viviente; el postrer Adám, espíritu vivificante» (1 Corintios 15:45). Y añade: «Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial» (1 Corintios 15:49).
La restauración, entonces, no consiste simplemente en regresar físicamente al jardín donde Adám estuvo. Consiste en recuperar el propósito para el cual el ser humano fue creado: vivir delante de Dios y reflejar Su carácter. Por eso Shaúl afirma que los seguidores del Mesías están llamados a ser «conformes a la imagen de su Hijo» (Romanos 8:29).
La historia que comenzó con una imagen encuentra así una respuesta: la imagen que el hombre fue llamado a llevar encuentra en Yeshúa su expresión perfecta, y quienes lo siguen son llamados a ser transformados conforme a esa imagen.
Esto también nos ayuda a comprender el lenguaje del camino y de la vida.
Recordemos la última escena del Edén: derej etz ha-jayim, «el camino del árbol de la vida» (Bereshit 3:24). Siglos después, Yeshúa declara: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí» (Juan 14:6). No necesitamos convertir estas palabras en una equivalencia literal entre Yeshúa y el Árbol de la Vida. Pero el lenguaje de camino, vida y acceso al Padre vuelve a aparecer, y el Brit Jadashá desarrolla esa esperanza todavía más cuando Hebreos habla de «un camino nuevo y vivo» hacia el Lugar Santísimo (Hebreos 10:19–20).
Mateo también registra que, después de la muerte de Yeshúa, «el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo» (Mateo 27:51). El acontecimiento pertenece al contexto del Templo y no debe confundirse literalmente con la escena del Edén. Sin embargo, desde la perspectiva del Brit Jadashá, el lenguaje del acceso a la presencia divina adquiere aquí un significado profundo: el Dios que buscó al hombre escondido continúa abriendo un camino para que el hombre vuelva a acercarse a Él.
La Torá expresará posteriormente esa misma elección con palabras directas. Moisés coloca delante de Israel la vida y la muerte y declara:
La elección que en Bereshit aparece narrada en el jardín ahora se convierte en una exhortación abierta. Escoger la vida significa escoger el camino de Dios, confiar en Su palabra y caminar en obediencia. La vida bíblica no consiste simplemente en existir; consiste en vivir en relación correcta con el Creador.
La tradición de Israel desarrollará para este retorno una palabra fundamental:
תְּשׁוּבָה — teshuvá.
Retorno.
El Talmud de Babilonia afirma que la teshuvá estuvo entre las siete cosas creadas antes de la creación del mundo (Pesajim 54a). La enseñanza expresa una esperanza profunda: el retorno no es una idea improvisada después del fracaso humano. La posibilidad de volver pertenece al propósito de Dios tal como la tradición rabínica lo contempla.
Y esto nos lleva nuevamente al jardín.
Bereshit comienza con Dios creando los cielos y la tierra. El hombre recibe la imagen, recibe una misión y recibe una palabra. Después deja de confiar, transgrede, se esconde y finalmente sale del jardín. Los querubines guardan el camino del Árbol de la Vida. Pero Dios continúa hablando. La historia continúa. Israel aparece. La Torá es entregada. Los profetas anuncian restauración. Y el Brit Jadashá presenta a Yeshúa como la imagen del Dios invisible, el último Adám y aquel que declara ser «el camino, la verdad y la vida».
Pero la historia todavía no ha terminado.
La Escritura nos lleva nuevamente al Árbol de la Vida. Apocalipsis describe un árbol que aparece junto al río de la vida (Apocalipsis 22:2) y declara bienaventurados a quienes tienen derecho al Árbol de la Vida (Apocalipsis 22:14). Y entonces aparece una imagen que completa el movimiento iniciado en Bereshit:
Ahora podemos ver el arco completo.
La historia comenzó con Dios creando un mundo para habitarlo y colocando al hombre dentro de él para representarlo. Continuó con el hombre escondiéndose de Dios después de haber quebrantado Su palabra. Pasó por el exilio, el pacto, Israel, la Torá, el Santuario y la esperanza mesiánica. Y termina con Dios habitando nuevamente con la humanidad y con el Árbol de la Vida presente en la creación restaurada.
Por eso, quizás la pregunta más importante de Bereshit no sea simplemente «¿qué ocurrió en el Edén?», sino aquella que Dios pronunció cuando el hombre se escondió:
«¿Dónde estás?»
La pregunta sigue atravesando la Escritura y llega hasta nosotros. No se trata de preguntar dónde están los demás, ni qué hicieron nuestros padres, ni qué hicieron las generaciones anteriores. La pregunta es personal: ¿dónde estás delante de Dios? ¿Sigues escuchando Su voz? ¿Estás viviendo de acuerdo con la vocación para la cual fuiste creado? ¿Has comenzado a esconderte detrás de justificaciones, responsabilidades ajenas o decisiones que sabes que te han apartado de Su voluntad?
Bereshit nos recuerda que el problema del hombre no comenzó simplemente cuando tomó el fruto. Comenzó cuando dejó de confiar en Dios. Y la restauración comienza precisamente en el punto contrario: cuando dejamos de escondernos, reconocemos nuestra condición y volvemos nuestro rostro hacia el Creador.
Bereshit significa «en el principio». Pero el principio ya contiene la dirección de toda la historia bíblica. El hombre fue creado a imagen de Dios; la caída distorsionó esa vocación; el exilio quebró la comunión; pero Dios no abandonó Su propósito. La historia continuó hasta que la Escritura pudo hablar de una imagen plenamente manifestada, de un camino hacia la vida y de una presencia divina nuevamente habitando con la humanidad.
La Biblia comienza con un hombre en un jardín y termina con Dios habitando con los hombres. Comienza con el hombre escondiéndose de la presencia divina y termina con la presencia de Dios en medio de una creación restaurada. Comienza con el camino del Árbol de la Vida protegido por querubines y termina con el Árbol de la Vida nuevamente accesible.
Entre esas dos escenas se encuentra toda la historia de la redención.
Por eso Bereshit no es solamente el relato de cómo comenzó el mundo. Es el comienzo de una historia que revela para qué fuimos creados, qué ocurre cuando nos alejamos de nuestro Creador y hacia dónde conduce Su propósito de restauración.
Fuimos creados para llevar Su imagen.
Fuimos llamados a vivir bajo Su palabra.
Fuimos creados para cultivar y guardar aquello que Él puso en nuestras manos.
Y aunque el pecado distorsionó nuestra vocación, no la anuló.
La voz que llamó a Adám continúa llamando:
«¿Dónde estás?»
La respuesta no tiene que ser otro intento de escondernos.
Puede ser el comienzo del regreso.
Escoge la vida.
Vuelve al Creador.
Camina en Su verdad.
Vive como portador de Su imagen.
Porque la historia que comenzó en בְּרֵאשִׁית — Bereshit, «en el principio», todavía apunta hacia el día en que la creación cumplirá plenamente el propósito para el cual fue creada.
Y entonces aquello que comenzó con una pregunta encontrará su respuesta definitiva:
Referencias bíblicas principales
Torá
- Bereshit 1:1–31 — Creación.
- Bereshit 1:26–28 — El ser humano creado a imagen de Elohim.
- Bereshit 2:7 — El hombre como néfesh jayá.
- Bereshit 2:15–17 — El jardín, la responsabilidad y el mandamiento.
- Bereshit 3:1–7 — La serpiente y la transgresión.
- Bereshit 3:8–13 — «¿Dónde estás?» y la responsabilidad humana.
- Bereshit 3:22–24 — El exilio y el camino del Árbol de la Vida.
- Bereshit 6:5–8 — La corrupción de la humanidad y Noaj.
- Bereshit 9:6 — La imagen de Dios como fundamento de la dignidad humana.
- Shemot 19:6 — Israel como reino de sacerdotes y nación santa.
- Devarim 4:15–16 — La prohibición de representar físicamente a Dios.
- Devarim 30:19 — «Escoge, pues, la vida».
Escrituras
- Tehilim 24:1 — La tierra pertenece al Eterno.
- Mishlé 18:21 — La vida y la muerte en poder de la lengua.
- Mishlé 30:6 — No añadir a las palabras de Dios.
Brit Jadashá
- Mateo 27:51 — El velo del Templo se rasga.
- Juan 14:6 — «El camino, la verdad y la vida».
- Romanos 8:29 — Ser conformados a la imagen del Hijo.
- 1 Corintios 15:45–49 — Adám y el último Adám.
- Colosenses 1:15 — Yeshúa como imagen del Dios invisible.
- Hebreos 10:19–20 — El camino nuevo y vivo.
- Apocalipsis 21:3 — Dios habitando con la humanidad.
- Apocalipsis 22:2, 14 — El Árbol de la Vida.
Referencias rabínicas
- Rashi sobre Bereshit 1:1 — La razón por la que la Torá comienza con el relato de la creación.
- Midrash Tanjuma, Bereshit 1:1 — La creación y la soberanía del Creador.
- Rashi sobre Bereshit 3:3 — La adición de «ni lo tocaréis».
- Bereshit Rabbá 19:3 — Interpretación tradicional de Bereshit 3:3.
- Talmud de Babilonia, Pesajim 54a — La teshuvá entre las realidades asociadas con la creación anterior al mundo.
